LA GUERRA CONTRA LAS MUJERES.

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Leila, Florence, Jane, Emerance, Rahima. Detrás de estos nombres, se esconde una historia de violencia, una historia de abusos y de desprecios, una historia que permanece viva en cada una de ellas a través de una herida que no logra cicatrizar. No se trata sólo de las heridas físicas, de aquellas que resisten y perduran a pesar de las innumerables operaciones, son también las heridas internas, que no se ven, aquellas que nacen de la vergüenza y del miedo. Nombres sin rostros, mujeres olvidadas entre conflictos bélicos; en La guerra contra las mujeres, Hernan Zin rescata del anonimato a estos nombres, a estos rostros y, sobre todo, a estos testimonios de unos delitos hasta hace poco impunes. En los conflictos bélicos de este nuestro siglo, de Bosnia al Congo, de Ruanda a Uganda, los abusos sexuales a las mujeres se han convertido en un arma contra el enemigo; convertido en un campo de batalla, el cuerpo de la mujer ha sido utilizado por las distintas fracciones en guerra, sin distinción alguna: rebeldes, ejércitos oficiales, paramilitares o frentes de liberación. Todos ellos han visto en el abuso sexual una de las armas más poderosas y devastantes que pueden utilizarse; los abusos no sólo destrozan y arruinan la vida de la víctima, cuya vida ya nunca podrá ser igual, sino también la de la comunidad, la del resto de mujeres, aterrorizadas por una posible violación, obligadas a marchar, a huir por miedo a ser la siguiente.

La_guerra_contra_las_mujeres_cartel_bajaCon La guerra contra las mujeres, Hernan Zin no sólo ofrece el testimonio de algunas víctimas; a través de ellas, Zin denuncia los abusos sexuales que repetidamente se han infringido contra las mujeres en distintos conflictos armados y que, sin embargo, han permanecido impunes, ignorados por la comunidad internacional que, como en tantos otros casos, ha dirigido su mirada hacia otros lares. Fueron más de 40.000, las mujeres violadas durante los tres años que duró el conflicto de Bosnia; mujeres como Leila que, con sólo quince años, fueron raptadas y torturadas. “Lo peor es la primera vez”, confiesa Leila, “el primer abuso”; una imagen que regresa a su memoria una y otra vez; dormir es revivir aquellos días, aquellos meses de violencia y desprecio. Ha pasado tiempo, el número de mujeres que denuncian lo ocurrido sigue aumentando, no todas tuvieron el valor de decirlo inmediatamente, todavía muchas lo esconden, temen ser descubiertas, la vergüenza, paradójicamente, se apodera de las víctimas. Mientras ellas se esconden, mientras ellas se avergüenzan sin razón de algo que nunca hubieran tenido que vivir, la violencia sexual ha sigue siendo una arma de fácil recurso y, en demasiadas ocasiones, sus responsables gozan de una incomprensible y completa impunidad. Tras la guerra de Bosnia, los verdugos, los responsables de aquellos hechos, fueron acusados de genocidio, de delitos contra la humanidad, pero no de abusos sexuales; Ratko Mladić, comandante en jefe del ejército serbobosnio, identificado por sus víctimas, señalado repetidamente por los violentos abusos cometidos, no fue declarado culpable de estos hechos. La violencia sexual no fue considerada delito durante el proceso; hubo que esperar y, solamente después, cuando las sentencias ya habían sido tramitadas, el tribunal institucional decidió declarar los abusos sexuales y las violaciones en masa como delitos y, por tanto, fueron consideradas como herramientas de limpieza étnica y de genocidio. A pesar de esta resolución, sin duda esencial para combatir dichas prácticas, en los conflictos armados los abusos y la violencia contra las mujeres siguen efectuándose, siguen gozando de la impunidad que sólo puede ofrecer el desinterés de una Comunidad Internacional “ocupada” en otros temas.

Hernan Zin viaja hasta Uganda; allí conoce a Florence, una joven que fue raptada, obligada a casarse, violada y maltratada físicamente de forma sistemática hasta que un día consiguió escapar. A su lado, una niña la observa con mirada intensa; es su hija, es el fruto de aquellos años, el resultado de aquella violencia. Florence la mira con dulzura, a pesar de todo lo vivido, ahora tiene esa hija, esa pequeña; ella es lo único a lo que puede aferrarse, el gobierno no la ayuda, reconoce entre lágrimas, nadie la reconoce como víctima: “a veces pienso que hubiera sido mejor quedarme allí, en el bosque”, confiesa, pues la violencia física ahora ha dado lugar a la violencia provocada por la indiferencia de una comunidad que se niega a reconocerla como víctima. Condenada al silencio, Florence recupera su voz gracias a Hernanz Zin y, a través de sus palabras, de su testimonio, recuperan la voz y la visibilidad todas aquellas otras Florence que sobreviven en el anonimato, escondidas por una historia que no las reconoce. En Ruanda fueron casi 500.000 las mujeres violadas, en Congo 200.000; entre ellas, aparece la voz de Jane, el coraje de una mujer que, tras siete operaciones, intenta continuar su camino, en el intento constante de disimular aquellas heridas que todavía sangran, aceptando que son heridas que nunca curarán y con el deseo de poder tener hijos, de poder traer hijos al mundo. Como Jane, Rose, secuestrada a los diez años, tras tener tres hijos y huir de la peor de las esclavitudes, ahora trabaja, ha aprendido corte y confección, a regresado a formar parte de la sociedad de la que fue brutalmente arrebata.

guerra“Cuando una niña o una mujer ha sido objeto de violencia sexual, piensa que su vida ha terminado y lamenta no haber muerto en el acto” comenta Celine Kamwanya, quien ayuda a las mujeres víctimas de agresión sexual y de tortura en Congo y en Ruanda; es necesario convencerlas de que, a pesar de lo sucedido, la vida no ha terminado, insiste Kamwanya, es necesario restituirles aquella dignidad que ellas consideran que han perdido. El trabajo psicológico, el apoyo médico y por parte de las instituciones es indispensable para dar a estas mujeres aquella esperanza en un futuro que ellas consideran ausente; sin embargo, nada de esto sirve si la impunidad persiste, si no se denuncias estos hechos y se condena pública y legalmente a sus responsables. La violencia contra las mujeres, comenta Joanne Sandler, ex Directora del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer se reveló “una estrategia exitosa, como vimos, en Bosnia y Ruanda”; una estrategia que sigue utilizándose, a la que se sigue recurriendo y para la cual se sigue formando a los niños soldados que, como el joven entrevistado por Hernan Zin, confiesa haber realizado su primera violación con tan sólo doce años. “Nos decíamos que debíamos violar a las mujeres y a quienes se resistían teníamos que matarlas”, comenta el joven, cuyo rostro todavía aniñado, esconde un pasado de violencia, “si, he hecho cosas malas”, confiesa al final.

La Guerra contra las mujeres es un documento excepcional de denuncia, un trabajo documental que da visibilidad a aquellos rostros que la historia y los grandes titulares ignoran. Con una elegancia digna de alabar, con la discreción y la delicadeza que permite adentrarse en las historias, huyendo de lo fácilmente impactante, Hernan Zin ofrece una pieza documental esencial para conocer, a través de algunos testimonios, la realidad de un gran número de mujeres que, antes como ahora, han sido y son víctimas silenciosas de una violencia, discretamente aceptada, que se ejerce en los escenarios de conflicto, muchos de ellos olvidados por los grandes medios de comunicación y banalizados la Comunidad Internacional. La guerra contra las mujeres llama a la reflexión, nos obliga a girar la mirada hacia realidades incómodas; con sus testimonios, Hernan Zin demuestra que la vida de estas mujeres no se detiene, pero que es necesario correr el velo tras el que se esconden para denunciar sus historias, condenar a los culpables y reconocerlas como víctimas. Solamente así, aquellas mujeres podrán desear continuar su camino, y afirmar, con el mismo orgullo con el que lo afirma Leila, que quieren tener hijos porque “quieren traer al mundo buenas personas”. Sólo así podrán recuperar la confianza en el ser humano, en las personas y en sí mismas.