Para Barreda, eliminar a esas mujeres fue como una liberación.Argentina.2012

A 20 años del cuádruple crimen cometido por el odontólogo Ricardo Barreda, el periodista Rodolfo Palacios cuenta en un libro detalles de la vida íntima del asesino

Sol Amaya – La Nación – 14/11/2012

Argentina, Buenos Aires – Cuatro asesinatos a sangre fría lo convirtieron en un emblema. Un símbolo de doble cara. Por un lado, el de la lucha contra la violencia de género. Por otro lado, entre las personas de humor macabro, se transformó en una especie de “ídolo” por haberse atrevido a deshacerse de su suegra.

Hoy se cumplen 20 años del día en que Ricardo Barreda, un odontólogo que vivía en La Plata, tomó una escopeta y terminó con la vida de su esposa, su suegra y sus dos hijas. Dijo que lo maltrataban. Que le decían “Conchita”. Y que un día, simplemente estalló. Eso dice, y es todo lo que se puede saber porque la única versión de los hechos que sobrevivió es la suya.

Tal vez nunca se pueda saber toda la verdad de lo que pasó. Ni el verdadero motivo por el que este hombre, que era considerado un buen vecino, que trataba bien a sus pacientes, que era un tipo tranquilo, eligió la salida más cruel a su supuesta situación humillante.

Pero sí se puede saber cómo vive esta persona que se deshizo de su familia, cumplió una condena y hoy goza de la libertad de entrar y salir de su casa en Belgrano que, curiosamente, comparte con otra mujer: su novia Berta.

Rodolfo Palacios, periodista y escritor, autor de “El Ángel negro, vida de Robledo Puch”, cuenta detalles de la vida íntima del cuádruple homicida en su nuevo libro “Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres”.

– De todos los personajes que protagonizan la historia criminal argentina ¿Por qué elegiste a Barreda para escribir un libro?

– Me atrae porque es uno de los pocos personajes emblemáticos del crimen argentino que logró que cierta parte de la sociedad se identificara con él. Por el sólo hecho de que era un tipo de clase media, de estudios universitarios, con su trabajo de dentista, buen vecino, en teoría inofensivo, respetuoso con sus pacientes. Muchos hombres se sintieron identificados con ese tipo gris o rutinario.

Un tipo que hasta un día, que nunca va a quedar en claro, decide matar a su familia, una idea que él tenía hace tiempo por más de que él diga que fue ese día que estalló. Y creo que lo atractivo es el folclore popular, esta cuestión de que se han hecho muchos chistes con Barreda, muchas canciones de Barreda. También su nombre simboliza la lucha de muchas personas en contra de la violencia de género. Por eso me atraía la figura de Barreda porque, por un lado, genera amores y odios. Eso es lo que más me sorprende y trato de indagar en el libro. Y también, por otro lado, la búsqueda iba por el lado de cómo vive Barreda, de qué gustos tiene, si sale a la calle, más allá del personaje de la crónica policial. Cómo era Barreda en su vida íntima, con Berta.

– El título del libro, Conchita, pareciera algo provocador ¿Por qué lo elegiste?

– Se me ocurrió a mí. No intenté que sea una provocación ni de un lado ni del otro. La palabra Conchita, si hacés una encuesta, probablemente remita a Barreda. No creo que Barreda deba sentirse ofendido. Es la palabra que supuestamente a él lo hace apretar el gatillo, es una palabra que él trajo a consideración de la sociedad y que casi termina por victimizarlo ante cierto sector de la sociedad.

Porque mucha gente dice: “Pobre tipo, le decían Conchita, lo humillaban”. ¿Y si realmente esto no era así? Porque sólo tenemos su versión de la historia. Supongamos que esto fue así, es él el que trae esta palabra y la multiplica. Por eso el título no es una cuestión satírica.

El libro es un retrato de Barreda, con el disparador de la crónica publicada en Adorables Criaturas [Editorial Fundación Ross] pero ampliado, con más testimonios, más charlas. Pero no busqué una provocación con el título. Conchita es Barreda.

– En medio de una época en la que la violencia mediática está en la agenda de los medios y de la política, ¿Qué lugar creés que ocupa el caso Barreda?

– Por suerte la violencia de género está hoy en la agenda mediática, porque más del 60 por ciento de los homicidios son intrafamiliares o de género. Creo que Barreda es emblemático en ese sentido. Por suerte a diferencia de hace 20 años ya está más instalada la figura del femicidio, aunque todavía falta más. Hoy se sigue poniendo el foco en el otro tipo de inseguridad.

Lo de la casa no deja de despertar polémica [hay un proyecto para que la casa en donde ocurrieron los crímenes sea expropiada para convertirla en su centro contra la violencia de género]. Si bien me parece bien que sea un centro para la atención de víctimas y familiares de violencia de género, me resulta polémica la cuestión de que se la van a sacar por los medios políticos y no judiciales.

Se eligió a Barreda por una cuestión mediática y simbólica. Y cabe preguntarse por qué, si ya hubo una condena, por qué una más, una condena social. Y si se aplicó a Barreda, por qué no a otros asesinos. Por qué no en crímenes de lesa humanidad. Con esto no defiendo a Barreda, simplemente me cuestiono por qué esta elección. Me queda el debate, si es justo o no es justo.

Lo que sé es que él está desesperado por recuperar esa casa, porque quiere vivir ahí, ejercer ahí. Él viaja a La Plata casi todas las semanas para recuperarla, aunque yo creo que ya está perdida.

– ¿Cómo fue tu primer encuentro con Barreda?

– Fue bastante tibio, porque él a principio no quería dar entrevistas y yo me comprometí a hablar solamente de temas que no tengan que ver con los cuatro crímenes, eso está blanqueado desde el principio. Por más que la mención siempre aparece, por más de que él siempre después de una charla de varias horas algo decía. Una vez, por ejemplo, levanté la mesa después de una picada y él me dijo: “Eso no me gusta porque me hace acordar a una de mis hijas”.

Lo que sí está en este libro es que siempre quedó como que Barreda nunca se había arrepentido de los crímenes, que él dijo que volvería hacerlo. Bueno, yo sé que últimamente, sobre todo en esta fecha a él le cuesta dormir, ha llorado, dice que está arrepentido.

En el primer encuentro me encontré con alguien que sabía mucho de cine, mucho de fútbol, que había llorado con Tiempos Modernos de Chaplin.

Pero, como dice en el prólogo Enrique Symns, que lo cita a Borges a su vez, “el que mata, se mata a sí mismo, y el que se suicida, termina matando a los demás”. Yo creo que Barreda se terminó convirtiendo en su propia víctima. Él dice: “Hay momentos en que siento felicidad, ganas de reírme, y hay momentos en que me acuerdo de lo que hice y se me dibuja una máscara”.

Mucha gente lo felicita pero a él eso lo incomoda, a él le gustaría ser anónimo. Le gustaría poder olvidar y ser olvidado. Pero eso es imposible.

– ¿Cómo te preparabas para un encuentro con el odontólogo?

– Con Barreda trataba de ser lo más natural posible. Hay un tramo de este libro en el que viajamos a La Plata por dos motivos. Uno porque él quería ir al dentista. Otro, porque quería arreglar sus lentes. Él tiene una compulsión por ir a La Plata, siempre quiere ir.

En un momento me dije “no voy a pronunciar ninguna palabra, voy a respetar su silencio, que lo rompa él”. En ese silencio notaba que él miraba todo a su alrededor. A él le gusta contemplar y mirar, que es lo que no podés hacer en la cárcel. El trata de salir y ver. Fueron más de 20 minutos. Lo observaba. El silencio lo rompió él cuando vio un tipo que se tiraba en parapente y me dijo: “Mirá eso”.

Es muy observador, muy detallista, un tipo de pocas palabras. Pero sus pocas palabras son certeras, contundentes. Y creo que en el libro traté de retratar eso, el otro Barreda.

– Si tuvieras que definirlo en pocas palabras.

– Es un tipo a la vez angustiado y liberado. Porque él siente esa angustia, pero a la vez, haber eliminado a esas mujeres para él fue una liberación. Él se equilibra a través del crimen. Cuando lo quisieron declarar inimputable, le dijeron: “usted tiene que decir que está loco”. Él dijo: “No, yo no estoy loco”.

Pero claro esa angustia por haber matado no se la saca nadie. Esa angustia se lleva siempre. En forma de máscara, en forma de dolor, en forma de recuerdo. Y ese recuerdo en Barreda va a estar para siempre. Por el daño que él causó y por el daño que se causó a sí mismo.

– En tu cuenta de Twitter decís que sos “vocero del hampa con códigos”. ¿Considerás a Barreda como parte de ese grupo?

– Es una frase irónica. Pero a Barrera no lo pongo dentro del hampa. Generalmente me siento más cómodo con los ladrones, los que no han matado. Porque justamente no tienen esa carga negativa, esa oscuridad. Y la verdad es que me identifico muy poco con Barreda. No me siento identificado por su pensamiento, ni por su forma de tratar a su mujer, Berta.

Con Berta pasaba, por ejemplo, que yo les preguntaba: “¿Van al cine? Ahora hay una de Woody Allen, a Roma con amor”. Ella decía: “Ay, qué bueno sería ir”. Y él me decía que el “chochan” [por Berta] no la iba a entender.

– ¿Qué podés decir del personaje de Berta?

– Miguel Maldonado [perito psiquiatra] dice que Berta está en peligro. Yo no creo. Pero también me pregunto por qué está con Barreda. Con ese maltrato. Porque tal vez es el maltrato que puede haber en cualquier matrimonio de 20 años, pero es maltrato al fin. Quizá peor que el maltrato físico o igual.

Hay una escena en este libro en que Berta está contando que un preso se murió en sus brazos y se larga a llorar. Y Barreda está concentrado en el sushi que está comiendo, en qué corno tiene el sushi. No le importa lo que está diciendo Berta. Eso es muy fuerte. Berta va a lo profundo y Barreda a lo superficial y no le importa. Jamás vi que se dieran un beso.

Hay algo quizá peor que el desprecio que es la indiferencia del hombre a la mujer. Por eso el título del libro dice “el hombre que no amaba a las mujeres”.

– Tal como mencionabas en Adorables Criaturas, para la prensa Barreda es un tipo hosco, serio. En tu reportaje publicado en ese libro pareciera lo contrario. Incluso da la sensación de que hasta genera simpatía. ¿Es así?

– Por momentos tiene comentarios o tira frases humorísticas, con sarcasmo, con ironía. Yo por momentos trataba de olvidarme con quién estaba hablando, de ir sin prejuicios. Porque si no es imposible entrevistar a nadie. Arranco de cero. Me propongo pensar que este tipo es un nadie y voy a ver cómo me cae por la charla.

Ahora, es inevitable pensar. Como para él es inevitable también pensar que mató.

El periodismo tiene esa costumbre de estigmatizar y de poner a todos en lugar de demonios y pensar que los asesinos son seres ajenos a la sociedad. Y son parte de la sociedad y en muchas cosas se nos parecen.

Me parece que es necesario pensar: bueno, este tipo mató, pero también tiene su vida. Y no tiene por qué ser despreciable todo el tiempo. Lo que yo trato de hacer es esa búsqueda. Ver si hay una cuestión de humanidad, qué hay de persona detrás del asesino. En casi todos lo encontré menos en Arquímides Puccio , que me pareció Villano 100 por ciento.

Y la prensa lógicamente va a Barreda por los crímenes. El Barreda que mató es distinto al que habla de cine o de fútbol. A mí lo que me interesaba retratar eso.

¿Por qué alguien puede llegar a matar? ¿Cómo vive después? ¿Sale a la calle? ¿Qué le dice la gente?

– Sobre su vida en la cárcel, ¿supiste algo?

– Supe muy poco durante su encierro porque él cobraba las notas en ese momento, entonces no lo entrevisté. Pero la cárcel siempre modifica, aún en los tipos más malignos. Sé que no la pasó bien. Le preguntaban: “Conchita ¿cómo está la familia?”. No la pasó bien en la cárcel como no la pasa casi nadie. Además, el tipo que mata a su mujer o a su familia en la cárcel es mal visto.

Habla muy poco de eso. Él dice que tiene piel de gallina por que vio cómo mataban en la cárcel. Tuvo como sus protectores a [Jorge] Pedraza [miembro de los Doce Apóstoles] y a Gustavo Prellezo en la cárcel.

– En El Ángel Negro contás que hubo momentos en que Robledo Puch te generó miedo. ¿Te pasó eso con Barreda?

– No, para nada. Me pasó sólo con Robledo y con Puccio, pero por toda esa leyenda oscura del mal, esa discusión del mal. Aparte yo a ellos, a muchos de ellos, ya los veo en un lado más grotesco, ya están de vuelta, en su ocaso. Además, al ir como periodista es distinto, ellos se comportan de otra manera.

Mañana voy a ir a verlo a Barreda, pero no sabe el título del libro, así que creo que ahí mi contacto se va a terminar. Es una cuestión que suele pasar y la tengo asumida. Escribir un libro y que la persona que mató esté de acuerdo es casi imposible.

Con Robledo cuando estaba la idea de hacer el libro juntos, él quería presentarse prácticamente como salvador de la humanidad, entonces no hay arreglo, ni económico de ningún tipo.

– Dijiste que te comprometiste desde un principio a no preguntarle por los crímenes. Pero imagino que te habrás sentido tentado..

– Nunca se lo pregunté. Estuve muy tentado, pero no lo hice. Hacerlo hubiese sido romper ese pacto y no verlo más. Pero bueno, él habla a veces, de la casa por ejemplo. Habla indignado de la gente que vende tazas con su figura. Remeras. Hace mención a eso. Se muestra ofendido porque otros hacen el negocio.

– ¿Creés que está arrepentido? ¿En qué lo notas?

Yo veo que sigue manteniendo un odio. Él una vez me dijo que iba a ver a las hijas pero yo averigüé que no estaban en el cementerio de La Plata. Están en Rosario. Con la familia de las mujeres intenté y no quisieron hablar, prefieren perfil bajo. También estaban detrás de la casa.

– Vos estás acostumbrado a entrevistar a ladrones y asesinos. Tal vez tenés hipótesis de los motivos que los movilizan. ¿Por qué creés que Barreda cometió estos homicidios?

– Barreda siempre dice que él estalló. Yo no creo que haya sido emoción violenta. Porque, de hecho, a la escopeta se la había regalado la suegra, el había comprado municiones antes, iba a practicar tiro, fue a una charla de criminología.

Barreda fue al cacerolazo del 8N.

Ahora, a él se le metió en la cabeza esa idea. No sé si fue fogoneada por Pirucha, una bruja con la que él salía. Claramente era una familia enferma. Había maltrato. Hasta el mismo Maldonado cree que había este maltrato de ambos lados. Ahora, ¿por qué él no se fue? ¿Por qué no lo solucionó de otra manera?. Esas son preguntas que quedan sin responder.

No sé por qué lo hizo. Yo creo que el ser humano está tan lejos de matar. Por más que haya gente que diga todos podemos ser Barreda. Yo creo que no. Me cuesta mucho entender. Creo que a él le cuesta mucho entender por qué lo hizo.

En el caso de Arquímides es distinto. Veo en él el contexto de la maldad, de por qué hacer el mal. Del lobo que se come a la oveja. En Robledo es más misterioso aún. Algunos dicen que mató por placer. En Barreda fue por desesperación.

– ¿Creés que podría volver a matar?

Como dice Zaffaroni, no se puede hacer futurología. Pero no creo. Sobre todo por esta cuestión de que él ya está viejo. Tiene 77 años. Está muy deteriorado. Tampoco puedo asegurar que no va a matar, pero realmente no creo.

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