Más allá de la urgencia.Feminicidio en Argentina. 2012

Flor Monfort – Página 12 – 07/09/2012

Argentina – Los múltiples casos de violencia machista que aparecieron en los medios argentinos en las últimas semanas (incluido un video en el que una mujer se expuso a que su ex pareja le pegara para lograr tener un registro de los golpes y que hicieran caso a sus denuncias) impulsó un pedido de Emergencia Nacional, la difusión de casos de hombres mediáticos (como el bajista de Divididos) y el testimonio de mujeres famosas (como Nacha Guevara). Además, un tribunal condenó a un hombre usando la figura de “tentativa de femicidio”. Pero, más allá de las emergencias, ¿qué hacer con los violentos y cómo proteger a las mujeres, niños y niñas violentados? ¿Cómo prevenir? ¿Cuántas miles de microviolencias tenemos naturalizadas y toleramos hasta que explotan? Algunos especialistas intentan dar respuesta con la perspectiva multidimensional de una urgencia de salud pública.

Los casos ocurrían, pero no contaban con la cobertura que ahora los pone todos los días en el ojo de la cámara. Verlos reflejados con tanta frecuencia probablemente provoque el hecho de que cada vez más mujeres denuncien, pero el mismo efecto dominó puede operar en otro sentido: el recrudecimiento de los casos de mujeres asesinadas, golpeadas, torturadas, secuestradas y atrapadas en una red invisible que las encierra más allá de los muros de una casa. Siempre parece que es un problema de otros/as cuando la realidad es que es transversal y cuenta con una amplísima tolerancia en todos los niveles y clases sociales. Esto pone la lupa sobre la perspectiva de género, más que sobre la violencia, porque por más emergencia declarada (una iniciativa de la diputada radical Elsa Alvarez), miles de capas latentes siguen operando y serán futuros casos de violencia: basta con ver las cifras de noviazgos violentos adolescentes, que en el último año duplicaron la cantidad de denuncias, según un relevo del Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad entre mujeres de 13 a 21 años. Por otro lado, la educación sexual en las escuelas es pobre y poco se habla de qué hacer cuando un hombre avanza, controla o insulta a una mujer. Para la antropóloga feminista Rita Segato, “punir no obtiene grandes resultados para la convivencia social, a no ser cuando tiene el sentido de eliminar agresores sistemáticos y que obedecen a un plan preconcebido de exterminio. En los casos de los que estamos hablando, creo que la buena pena pasa por la interpelación de la conciencia de los agresores y el desmonte de los valores que llevaron a la agresión misógina. Pero no es fácil, ya que todo conspira contra esto. El crimen contra una mujer está siempre inspirado en el intento de restaurar/reivindicar/afirmar pedagógicamente una supremacía masculina que se encuentra contrariada o molestada de alguna forma”, dice cuestionando la idea central de que toda retribución del mal causado consiste en el escarnio del asesino individual, un ataque a su moral y a su paquete de potencias (sexuales, bélicas, intelectuales, morales, económicas y políticas), una condena que lo afirme débil por haber tenido que recurrir a la agresión para sostener y reivindicar su masculinidad. “Esa es la retórica, por ejemplo, del preso sentenciado por violación y violado por los otros presos”, dice Segato, para quien los medios y la construcción que hacen de los relatos de violencia de género tienen una gran parte de la responsabilidad para que la cadena siga y se incremente. “El mensaje de los medios es claramente ambivalente y ambiguo en relación con este tipo de crímenes: por un lado los representan como monstruosos, pero esa monstruosidad no ridiculiza al monstruo que la produce. De cierta forma lo demoniza, pero, por lo mismo, lo coloca en la posición de una potencia, que es lo que el agresor busca. Potencia monstruosa y demoníaca, pero potencia al fin. Este es el deservicio mediático a la sociedad: construir el mensaje del monstruo agresor como demonio poderoso e interesante, merecedor de la atención del lente mediático, capaz de una acción aterradora y novelesca. Si se quiere hacer disminuir estos crímenes, la agenda mediática tendrá que pasar por una profunda reestructuración, ser sustituida por una representación en que el agresor emerja al ojo público reducido y desempoderado como consecuencia de su propio acto. De alguna forma, la idea de un fatal error estratégico por parte del agresor tendrá que ser discursivamente construida”, dice, avalando algunos de los relatos posteriores a las denuncias, como el de Natalia Riquelme, que se expuso a que su ex marido, Julián Bilbao, la agrediera físicamente, en una rueda que ella conoce de memoria (lo había denunciado 15 veces) para lograr que sus hermanos filmaran el hecho y eso le sirviera como material contundente para detenerlo. “Al día siguiente vino todo el mundo, pero al otro volví a vivir aterrada. El sabe dónde vivo, sé que se fue un tiempo a la casa de sus padres, pero ¿qué va a pasar conmigo cuando él vuelva y todo esto se olvide?”, le dijo al programa CQC. Hace unos días se conocieron los fundamentos de la sentencia contra Javier Weber, que fue condenado a 21 años de cárcel por “tentativa de femicidio”. El 2 de agosto de 2010, y luego de violar sistemáticamente denuncias y órdenes de restricción, Weber baleó a Corina Fernández en la puerta de la escuela de las hijas que tienen en común. Si bien la sentencia apela a la figura de femicidio y constituye un precedente, Fernández insiste con que su ex marido no va a parar hasta verla muerta.

Para Marcela Rodríguez, diputada nacional del Bloque Democracia Igualitaria y Participativa (DIP), los casos recientes denunciados por los medios de comunicación remiten al debate respecto de cuáles deben ser las respuestas, tanto específicas como integrales, pero efectivas frente a la violencia contra las mujeres. “Me refiero al abordaje integral ante los actos discriminatorios por razón de género y la desigualdad sexual estructural, a la cancelación de la discusión sobre la posibilidad de contar con tribunales especializados en materia de violencia contra las mujeres, al menos en el ámbito familiar y las relaciones interpersonales, a la carencia de mecanismos eficaces para garantizar un seguimiento adecuado de las medidas de protección a la víctima, a la falta de cambios trascendentales en el Código Penal, tales como la incorporación de una eximente de responsabilidad penal en los casos en los que la mujer es víctima de agresiones reiteradas, las resista, cualquiera sea el daño ocasionado al agresor, a la ausencia de cambios en el procedimiento que impidan la revictimización de las mujeres, sobre la base de que su historia sexual sea expuesta cuando es irrelevante para un caso de violación o agresión sexual, o para evitar o limitar el contacto con sus agresores al mínimo indispensable, sólo para mencionar algunos ejemplos.”

La exigencia de respuestas institucionales articuladas aparece para ella como una cuestión prioritaria, sin embargo fallas o ausencia de estrategias y esquemas de competencia, falta de recursos materiales y de recursos humanos especializados, carencia de presupuesto e incluso temas de coyuntura política inciden para que las articulaciones básicas para esa respuesta coordinada sean todavía inexistentes y lo que tengamos entre manos constituya ni más ni menos que un aluvión de historias que emergen a la luz pública, algunas con respuestas inmediatas, otras con repercusión escasa, pero sin una mira certera de una solución a largo plazo.

MICROVIOLENCIAS

La democratización de las relaciones de género, o al menos la mayor autonomía de las mujeres, no sólo se manifiesta a través de la violencia física o los casos que se convierten en estadística a fuerza de sangre. Según Luciano Fabbri, de Varones Antipatriarcales en la Campaña Nacional contra las Violencias hacia las Mujeres, el término “micromachismos”, acuñado por el psiquiatra argentino Luis Bonino, invita a dar entidad a aquellas maniobras sutiles, casi imperceptibles (pero no por eso menos nocivas) desplegadas cotidianamente por los varones para mantener sus posiciones de poder en relaciones asimétricas. “La delegación sistemática de las tareas de cuidado en las mujeres explotando sus tiempos y energías, la negación a negociar posiciones mediante manipulaciones, malos humores o silencios, el control del dinero y la subestimación de las voces de las mujeres son, entre tantas otras, prácticas que ejercidas cotidianamente tienen como efecto la vulneración de la autonomía de las mujeres y el reforzamiento de la posición de poder de los varones. Estas prácticas también son formas de violencia a problematizar y erradicar, y no debemos dejar que las urgencias ocluyan su importancia. De no estar tan naturalizados y legitimados estos mecanismos, habría muchas menos mujeres en situación subjetiva de tolerar un vínculo violento, así como mucha menor impunidad por parte de los varones para imponerlo.” Para él, decir que la violencia no es sólo física a esta altura resulta una obviedad, pero las políticas de asistencia suelen restringirse a casos de emergencia cuando de esa violencia hablamos, y aun así con respuestas ineficaces e insuficientes. “En la gran mayoría de los casos de mujeres asesinadas, hubo denuncias previas que no encontraron oídos, voluntades o políticas idóneas”, dice. María Sonderéguer, directora del Observatorio de Género, Memoria y Derechos Humanos e investigadora del Centro de Estudios de Historia, Cultura y Memoria de la Universidad Nacional de Quilmes, opina que las diversas violencias avaladas por la costumbre son invisibles, forman parte de la “normalidad” y se presentan como hábitos o reglas –no escritas– que recrean esa normalidad. “Las diferentes modalidades de control económico, afectivo, las actitudes sustentadas en estereotipos que suponen descalificación intelectual o profesional, las insinuaciones o incluso bromas que indican menosprecio moral o estético, etc., son formas de violencia. Pero estos mecanismos de confirmación o restitución de un orden de status pueden tornarse aún más manifiestos, hasta abarcar diversas formas de agresión y violencia física, incluso brutales, aun hasta llegar a los asesinatos por violencia de género. No podemos comprender los significados de esa violencia si no interrogamos la dinámica misma de las relaciones de género que está anudada a la estructura jerárquica de esas relaciones.”

MAS DENUNCIAS, ¿MAS CONCIENCIA?

Para Segato ha habido, sin duda, un avance en la capacidad denunciadora de las mujeres, pero la vulnerabilidad de las mismas no ha disminuido. Muy por el contrario, se encuentra en aumento. “Los resultados del feminismo metropolitano –blanco, parisino, neoyorquino– se han concentrado en la redoma de una elite ilustrada de mujeres. Por otro lado, viene, con bastante fuerza, la construcción de un feminismo no-blanco, indígena y afro-descendiente, comunitario. Pero en el medio, en la masa de mujeres que forman la vasta audiencia televisiva y de lectoras de los magazines de moda, la inculcación de modelos de belleza que son francamente devastadores para la autoestima de la mayor parte de las mujeres tiene consecuencias fatales. La persuasión de esos medios es muy fuerte y se presenta como incontestable. La pedagogía mediática lleva, con mucha fuerza, a la histeria de la mujer-objeto, a la construcción de un canon de cuerpo puramente visual, bidimensional, construido para el ojo mediático y rapiñador. Esta es precisamente la mujer víctima, la mujer expuesta a la victimización, porque es formateada como objeto, subjetivada como objeto de la mirada codiciosa, rapiñadora y, también, del ataque aniquilador, que no son otra cosa que aspectos de la misma estructura de relación.”

PARA QUE SIRVE LA EMERGENCIA

Para Segato, la idea de declarar una emergencia puede ser interesante, pero cuidando las retóricas, ya que la reducción del sujeto que se construye con referencia a una virilidad potente, dominadora, soberana y/o un discurso bélico, convida a los agresores a reproducirse en su plataforma agresora. “El agresor, especialmente aquel que copia, que hace la mímesis de un drama que ha tenido ya repercusión social y ha despertado el interés mediático, pretende conducirse a ese papel protagónico mediante la reproducción o copia de una escena similar. Por lo tanto, yo creo que las medidas que se tomen tendrán siempre que atender al discurso con que serán transmitidas a la sociedad. Para Fabbri el pedido que muchas organizaciones sociales y feministas vienen haciendo en relación a declarar la “emergencia pública en materia social por violencia de género” encuentra otro indicador en la creciente inclusión de este eje en las reivindicaciones de organizaciones sociales, políticas y sindicales, que otrora consideraban que este reclamo era “sólo de mujeres”. “Se requiere del Estado mucho más que avances legislativos y visibilidad simbólica. La gravedad y complejidad de estas violencias exigen respuestas sistemáticas e integrales, empezando por hacer efectivas las normativas vigentes en materia de violencia de género y educación sexual integral; avanzando en despatriarcalizar el aparato estatal que sigue avalando la injerencia política de las corporaciones eclesiásticas y manteniendo la violencia que supone la ilegalidad del aborto, y profundizando las líneas de intervención en materia de prevención de las violencias contra las mujeres, cuestionamiento cultural del machismo, ideario miserable en que toda esta violencia se sostiene y reproduce.”

Para Sonderéguer, la propuesta de un proyecto de ley para declarar la emergencia pública por violencia de género que reclama la implementación de las políticas públicas integrales previstas en la ley 26.485 (de protección integral para prevenir, erradicar y sancionar la violencia contra las mujeres) sancionada en 2009, refiere tanto a políticas y estrategias de protección y asistencia ante las denuncias de violencia en forma inmediata, como a políticas de mediano plazo destinadas a desarticular esos mecanismos de dominación que cuestionan el postulado igualitario, la lógica del contrato entre pares.

Ahora bien, ¿qué hacer con los violentos? Para Sonderéguer es necesario establecer mecanismos de protección inmediatos, urgentes, para las víctimas de violencia, agilizar las medidas de la Justicia civil y la Justicia penal, ofrecer acciones coordinadas entre las distintas áreas del Estado para el patrocinio jurídico, la contención psicológica, la asistencia social, la protección económica, etc. Volviendo al principio, para ella la sanción judicial también es insuficiente, dado que estamos hablando de una estructura de relaciones de género, de relaciones de poder. “Hay que desarrollar instrumentos y actividades de rehabilitación, sensibilización, formación con los violentos, pero también es necesaria una transformación más radical. Al señalar que el género es un concepto relacional y posicional, me interesa destacar que los roles, la construcción de las subjetividades, las identidades son el resultado de las interacciones entre las personas. En la estructura patriarcal, las prácticas de construcción de subalternidad para las mujeres o para quienes ocupen el lugar de la feminidad –o muestren los signos o gestos de la feminidad– se traman a nivel simbólico-discursivo, a nivel físico-corporal, a nivel jurídico. Sonderéguer cita a Segato, dice que el género, tal como lo conocemos, produce violencia. “Esa estructura de posiciones, esa estructura de la cultura patriarcal, distribuye un valor diferencial entre las personas signado por sus atributos de género. No somos iguales. Es decir que la erradicación de las violencias machistas supone la transformación de las relaciones de género tal como las conocemos, supone una transformación de las formas de la afectividad tal como las conocemos, supone también una transformación de los significados de la masculinidad y de la feminidad tal como los conocemos.” Y para eso falta mucho.

 

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